miércoles, 11 de julio de 2007

LA SANTA QUE NO SABE HACER MILAGROS


© Ronald Castillo Florián

LA CONOCÍ en un lugar que nunca pensé conocerla, en mi habitación. No sé como fue a parar ahí, lo cierto es que me sorprendí ese veinte de diciembre exactamente al medio día, cuando regresaba de mis últimas clases de la universidad. Ahí estaba ella, toda tímida y con la mirada tierna como diciéndome que no me sorprenda, que estaba ahí porque quería ayudarme. Recuerdo muy bien ese día, fue algo increíble, no pensé tener visitas de ningún tipo, por eso fui a mi habitación huyendo de todos, pero estaba ahí, frente a mí, sin decir nada, solo mirándome y esperando que saliera de mi asombro.

Ya antes había escuchado de ella, pero nunca pensé averiguar quién era, además dicen que sus amistades son gente de mal vivir y que le gusta juntarse con ellos ayudándoles a tal punto que la consideran una santa.

¡Tonterías! Decía yo, ¿una santa?, si una persona solo recibe esa categoría cuando la “Santa Iglesia católica” lo nombra como tal… Pero, ese día, que tal vez fue coincidencia, se me apareció, entonces recordé: un veinte de diciembre fue la fecha de su fallecimiento lo supe en mi clase de antropología social cuando el profesor hizo referencia a los santos populares, pero qué hacía aquí, qué hacía en mi cuarto, qué quería de mí.

Después de verla, salí furioso y gritando de mi habitación, llamé a mi madre para que me explique por qué aquella mujer estaba ahí, por qué la había llevado y si es una broma que me parecía del más terrible gusto. Mi madre me dijo que no sabía nada, que aquella estampa no era de ella, que jamás la había visto y que tampoco la conocía porque ella solo reza a santos verdaderos.

Pero la sorpresa seguía en mí, entonces quién la trajo, quién la puso en mi cama; me acerqué nuevamente, la tomé en mis manos y sentí una extraña sensación, sentí como que me miraba, me estoy volviendo loco, me dije, cómo voy a sentir eso, así que la vi de nuevo y esta vez noté una sonrisa, QUÉÉÉ!!! me ha sonreído, y la tiré a la cama, pero aquella sonrisa se quedó tan grabada en mi mente que con la misma velocidad con que la había tirado, con esa misma velocidad la volví a recoger; en la estampita, en la parte de abajo estaba escrito su nombre: Sarita Colonia. ¡Ajá!, me dije, así que ésta es la famosa Sarita, pero quién te trajo acá, o mejor dicho qué haces acá, no se supone que debes estar con los pobres, con los ladrones, con las prostitutas, con los ancianos, con los miserables de la calle, creo que te has equivocado le dije, este no es tu lugar, además no creo en los santos ni en los milagros ni en nada que tenga que ver con lo diz que sobrenatural. Entonces hice algo que jamás pensé hacer, di vueltas la estampita y en el reverso estaba escrito una oración ridícula, tonta, ajena de valor científico, pero que a manera de parodia comencé a leer en voz alta para luego sin percibirlo ir modulando mi voz llegándome a concentrar en cada palabra, al final de la oración estaba escrito: Dígase el favor a pedir, entonces sin dudarlo siquiera, ya liberado de todos mis complejos religiosos –solo momentáneamente, solo por esa ocasión que no sé que me pasó- cerré los ojos y dije: Quiero que Sara… ¡un momento¡, ¿qué quién?... entonces recordé que aquella chica que me tiene loco también se llama Sara, ¡bah! Pura coincidencia, y volví a concentrarme en la oración y en el pedido: quiero que Sara Colonia… entonces lo entendí, me di cuenta que aquella muchachita, mi compañera de la universidad, la que ni bola me da, aquella que ni sabe de mi existencia, a quien dediqué miles de poemas, sí esa, justamente esa que me roba el sueño también se llama Sara Colonia, sorpresa tremenda… y sonriendo por la impresión dije: quiero que Sara Colonia me quiera. Amén.

Aquella inocencia de niño me hizo sonreír. Ya calmado, volviendo en mí de la travesura que acababa de hacer, coloqué la estampa en mi velador, cogí el libro de Joris-Karl Huysmans: Allá a lo lejos, y antes de empezar a leerlo, la miré de nuevo y sin darme cuenta le sonreí. Ella me quedó observando todo el rato que duró mi lectura, parecía no querer molestarme pues sabía que si alguien me interrumpe en mi vicio sagrado reacciono como un animal herido, gruño, grito pateo, alegando que nadie merece ser desconcentrado de tan agradable labor. Allí estaba ella, tranquilita, concentrada, velándome, y asombrada de mi poder de abstracción en la lectura, yo de rato en rato, cuando tenía que cambiar de hoja volteaba a verla, su quietud me sorprendía, me desconcentraba al tiempo que también me hechizaba, ¡pero carajo! exclamé sorprendido, ¡me estoy volviendo loco! Es solo una tonta estampa que encontré en mi cuarto, que tal vez el viento la trajo, a alguien se le cayó y justo en ese momento sopló una ventisca que impulsó aquel papel y por el azar llegó a mí, esa es la respuesta lógica, ¡perooo! Y si no fue así; volví a verla, su rostro había cambiado de semblante, ya no sonreía, sino más bien parecía decirme que no era como yo lo pensaba, que ella estaba ahí porque ella lo quería, de nuevo imaginé un diálogo con ella, pero esta vez sí me asustó, me levanté de un salto, corrí al baño, me lavé la cara, mejor no, me dije, mejor me doy un baño con agua helada, este calor demencial hace tener alucinaciones, y eso hice, me desnudé ahí mismo, abrí la llave y lancé un grito terrible, pues nunca me he bañando con agua fría, todo el tiempo, hasta en verano caliento el agua, pero esta vez la ocasión lo ameritaba, era un baño para curar la loquera, así que me quedé ahí remojándome por un buen rato, hasta que sentí que ya era suficiente. Salí tranquilo de la ducha, me sequé despacio, me envolví con la toalla y silbando retorné a mi cama. Yo soy de los tipos que acostumbran estar en bolas -desnudo- en su cuarto, así que me quité la toalla, me tiré de nuevo a la cama, volví a coger el libro, y con más calma me puse a leer, en todo ese trajín me acordaba de la estampa pero prefería hacerle caso omiso, como si no existiese, como si jamás hubiese llegado a mí. Estaba leyendo, pero la maldita estampa -perdón Sarita- me jalaba, me llamaba, a la vez que iba sintiendo vergüenza, pero por qué la vergüenza, si siempre, toda la vida, desde pequeño me ha gustado estar desnudo en mi cama leyendo un buen libro, pero esta vez, como nunca, sentía una vergüenza tremenda, entonces cerré los ojos por dos segundos, y ahí estaba, dibujada en mi cabeza la cara de Sarita Colonia, su rostro tímido, que me miraba, abrí los ojos de un tiro y vire la cabeza y al parecer nuestros ojos se pusieron de acuerdo, nuestras miradas se encontraron, la quedé mirando por lapso de diez segundos y ella pareció hacerme un gesto que entendí de inmediato, ¡oh no! ¡Estoy calatooooo! Me levanté presuroso, saqué del ropero un calzoncillo y un pantalón, dudé en ponerme o no un polo, pero pensé que era mejor hacerlo, ya suficiente vergüenza había pasado, así estaba, cambiándome, pensando en el roche del momento, hasta que la razón volvió a mí, la realidad me tocó, ¡conchasumadre! dije molesto, ¡qué imbécil que soy!, ¿una estampa me hace esto?. Me dirigí hasta donde se encontraba ella, la cogí, pero sin querer verla, la llevé hasta donde estaban mis libros, cogí uno: El decamerón de Boccaccio abrí al azar el libro y sin compasión la puse entre sus páginas. Me sentí algo aliviado, pero aturdido, así que resolví ir a la cocina, buscar un poco de agua y así tranquilizarme, la universidad, los exámenes y Sara, mi compañera de estudios, me estaban volviendo loco, loco, loco de remate, o tal vez no?...

Bajé presuroso a la cocina, casi sudando, con mucho esfuerzo, con la cabeza dándome vueltas, el camino que tenía que recorrer me pareció el más agreste del mundo, el más desértico que puede existir, el más largo que jamás haya recorrido, tuve que atravesar sillones, escalar paredes, enfrentarme a un león (que no era más que mi perro Rex, un viejo husky que para durmiendo), rampar por el suelo cuidándome de una víboras venenosas (cables de electricidad), tuve que asesinar a un tipo que se me cruzó en el camino, por suerte encontré el arma perfecta para hacerlo y no fue tan duro el combate (era mi televisor, y con ayuda del control remoto pude apagarlo), pero sobre todo, y lo más terrible, tuve que batirme en duelo con una bruja, que del espanto casi me mata, pero que gracias a mi astucia pude y logré vencer (era mi hermana que salía de la ducha). Ya casi llegando a la puerta de mi cocina, me tranquilicé, todo volvió a la calma, aparentemente, pensé haber regresado a mi realidad. Ahí estaba mi madre, lavando los platos del almuerzo, yo no había almorzado porque cuando llegué avisé a viva voz que quería descansar y que por favor nadie me joda. Menos mal en mi casa siempre respetan las decisiones que se toman. Mi madre estaba ahí, de espaldas entregada a su labor diaria, hasta que sintió mi llegar y se volteó para verme, entonces, ¡oh! ¡Sorpesa! no era mi madre, no era nadie conocida, quién era, quién diablos era,. ¡¿Qué es eso?!, di un grito de desesperación, me aturdí, ¿y esa bruja quién es?, hasta que ésta me habló: hola hijito me dijo con una voz dulce que me hizo volver a la realidad, entonces la reconocí, era mi abuela que había llegado el día anterior y que no pude ver porque estaba encerrado en mi cuarto estudiando. Hola abuela le respondí, me das un vaso con agua que me muero de sed; claro hijo me respondió, pero mejor te doy agua de manzana que esta fresquita y deliciosa; agua de manzana, agua de manzana, aguuuuuaaaaa de manzzaaaaaanaaaaa, me repetía en mi interior, pero si el agua de manzana es para lo loquitos, susurré despacito; ¿quiéres que te sirva un poco hijo? Me volvió a preguntar mi abuela. Sí solo un poco, solo un poco, solo un poco abue.

No quise volver a mi cuarto, no quería, no quería, no queriaaaaaaaa, pero qué hacer, ahí estaba ella, ahí estaba esa Santa que me quería hablar, no, no es ninguna santa, no es nadie solo es un papel con la imagen de alguien, pero ahí estaba, no quise subir a mi habitación, me jodía admitirlo, pero sentía un cierto miedo, un cierto estupor el saber que tal vez se habría molestado, porque la había puesto entre las paginas de un libro. ¿qué hago? ¿qué hago? ¡mierda!, ¿qué hago? Como no quería volver a mi habitación, decidí salir a dar un par de vueltas hasta calmarme, caminé sin rumbo, pensando que tal vez aquella experiencia que estaba viviendo o bien fue un sueño o producto del cansancio mental por los exámenes de fin de ciclo, sí eso es dije sonriendo como estúpido, sí eso, volví a decir, sí eso es, lo decía en voz alta, ¡SÍ ESO ES! Grité levantando las manos, ¡ops! Todos me miraban, ya cálmate me dije sino de verdad vas a estar loco y comencé a sonreír.

Después de aquel consuelo que me había fabricado como que desperté, tratando de ubicarme, no reconocía el lugar, había caminado tanto que había llegado a una calle que no reconocía, ¿dónde estoy? ¿qué lugar es este?, me detuve, observando las casas. Así estaba tratando de reconocer el sitio, me encontraba parado enfrente de una casa celeste, la miraba, y de pronto, se abrió una puerta, me quedé observando para ver quién iría a salir, y mi sorpresa fue grande cuando la vi, ahí estaba ella, pero ¿cómo? ¿Ella vive aquí? Por Dios, tanto he caminado, y como llegué hasta aquí. Ella salía tranquila sin saberse vista, pero al parecer mi mirada era tan profunda que sintió ese calorcito que se siente cuando te sientes observado, y ella también se sorprendió cuando me vio, se quedó quieta por unos segundos, y luego caminó en dirección hacia mí. ¿Qué haces aquí? ¿Me estás buscando? Fue lo primero que me preguntó al tiempo que me daba un beso en la mejilla. Entonces dije su nombre completo: Sara Colonia, Sara Colonia, qué milagro es este, no sé como he llegado hasta aquí, no sé como vine a parar hasta aquí. Ella se sorprendió al escucharme decir esas palabras, yo estaba idiotamente, doblemente imbécil con la sorpresa. Bueno si ya estas aquí, que tal si vamos a dar unas vueltas me dijo con su voz dulcecita que me deja cojudo cada vez que lo escucho, ¡por su puesto! Acepté gustoso.

Esa tarde caminé con Sara, dialogamos pero nunca supe de qué, porque en todo momento estaba la pregunta de cómo llegué hasta ahí, pero lo que sí recuerdo, y muy bien, hecho que me dio vergüenza, fue cuando dialogábamos y de pronto la abracé, ella me respondió el abrazo, estábamos bien juntitos, calentitos, acurrucaditos, y de pronto pasa un auto con varios jóvenes en su interior que me gritaron al unísono: ¡llévala a chachaaaaaaaarrrr! La solté de inmediato, me dio vergüenza, hice como que no había escuchado pero mi reacción me delató, ella sonrió tímidamente, y también hizo que no había escuchado nada.

De regreso a mi casa, y más tranquilo, decidí ir directo a mi habitación y enfrentarme de una vez por todas con aquel papelito, estampa, santa, quien diablos fuese, pues no podía seguir viviendo así, no podía soportar esa sensación estúpida y aguebante que me estaba gobernando.

Subí con decisión, con valentía, con determinación, y antes de abrir la puerta, un sudor frío me detuvo, pero nuevamente me di ánimos, respiré fuerte, abrí la puerta, y entré sigilosamente, haciendo de cuentas que no había nada ni nadie en la habitación ¡estúpido si no hay nadie! me dije a mí mismo, es verdad no hay nadie me volví a repetir. Volví a coger el libro que había abandonado por culpa de, mejor no digo el nombre sino me asusto de nuevo. Tomé libro y le pedí disculpas por el abandono súbito, me tiré a mi cama, me dispuse a leerlo nuevamente y de nuevo, me concentré en la lectura hasta que llegué a una parte donde decía:


“… confieso, sin embargo –siguió-, que Gévingey me asombra cuando asegura que ha sido visitado por un súcubo….”


¡Un Súcubooooo! Nooo tal vez sea eso, tal vez sea eso. Al tiempo que pensé, no puede ser, a pesar de todo parece buena. No me contuve, y me levanté lo más rápido que pude, me dirigí hasta el estante de los libros, el decameron, el decameron, el decameron, ¿dónde estaba ese libro?, ya no lo tenía, pero, si yo lo dejé aquí antes de salir. Lo busqué desesperadamente, debajo de la cama y nada, en el ropero y nada, en el baño y nada, dónde está el libro, ¡¡¡dóóónnndeeee!!! Mi grito fue tan fuerte que mi madre subió presurosa para ver que me sucedía. ¿qué te pasa, porqué gritas así? Me preguntó; es que no está mi libro, esta tarde lo tenía aquí y ahora ya no está, alguien ha entrado a mi cuarto?, ella se quedó pensativa entonces recordó: sí, tu hermano estuvo aquí, me dijo que tomaría un libro tuyo y que lo llevaría a su viaje, porque sino se iba aburrir. Me quedé en silencio, asombrado por tal atrevimiento, si hay toda una variedad de libros porqué justamente ese, porqué justamente ese; entonces mi madre interrumpió mi pensamiento diciéndome: pero me dejó este sobre, dice que ahí dejaba lo que estaba entre las páginas. Tomé presuroso el sobre, mi madre se sorprendió del salto felino que di para arrebatarle el sobre. Gracias mamá, gracias. Ok, hijo, me dijo tranquila y salió imaginando que me había salvado la vida.

Una vez que mi madre cerró la puerta abrí presuroso el sobre, y para mi suerte, o mala suerte, la verdad no lo sé, ahí estaba la estampa, ahí estaba Sarita Colonia, pero algo raro tenía, algo extraño en su expresión, la miré detenidamente, y me di cuenta que le habían salido barba, volví a verla nuevamente para ver si ello era una visión, una alucinación, pero efectivamente, Sarita Colonia tenía barba.

No podía salir de mi asombro, qué ha pasado, la acerqué a la luz, ¡este mierda! dije molesto, el atrevido de mi hermano había profanado mi estampa, la había ultrajado, ¡cómo no lo quema la inquisición! dije molesto, él artísticamente había dibujado en la pobre estampa unos bigotes que la hacían ver ridícula. Le pedí disculpas, por el atrevido de mi hermano y por mi osadía de dejarla entre las páginas de un libro. La volví a colocar en mi velador. Me quedé recostado en mi cama y el sueño me invadió y me dejé llevar por él.

Al día siguiente, muy temprano, exactamente a las 6:30 de la mañana, me levanté sudando, el calor infernal de la noche me había empapado todo, no había tenido tiempo de quitarme la ropa. Me levanté y recordé la estampa, salí del baño para verla, pero ya no estaba, ¿a dónde se fue?. ¿Qué le ha pasado? Seguro fue un sueño, y tranquilamente me metí a la ducha.

Cuando estaba en la universidad, me encontré con Sara Colonia, mi compañera, me dijo: ayer me sorprendiste, no pensé que te aparecerías en mi casa. Ni yo supe como aparecí me dije a mí mismo: sí pues así son las sorpresas le dije y sonreí. Qué examen tenemos hoy le pregunté, hoy no tenemos examen, me dijo, ¿cómo? Increpé; hoy no tenemos examen, entonces dije porque estoy aquí y tú por qué has venido, me respondío: yo no estoy aquí, tú no estás aquí, aquí no es ningún lugar, tú no eres tú, yo no soy yo, ellos no son ellos. Me quedé pasmado con tal respuesta, qué dices loca, le dije; es verdad, acaso soy yo, mírame bien, la miré y comencé a mirar a todos, y cuando volví a verla la vi con barba, me asusté mucho, qué te ha pasado le dije, es que ahora tengo barba, me dijo molesta. Entonces escuché la voz de mi madre que me llamaba, hijo, hijo, hijo, hijo, mi mamá le dije; sí tu mamita me respondió, hazle caso, sino no serás nadie me respondió. Hijo, hijo, hijo, insistía mi madre, abrí los ojos y ahí estaba ella, había sido una pesadilla, una tonta pesadilla. Apresúrate hijo que tienes examen a las nueve, me dijiste que te pasara la voz a las ocho de la mañana, ya estás a una hora, pero mamá si ayer di mi último examen, ¿ayer? ¿Ayer? ¿19 de diciembre?; Ayer fue 20 madre le dije; ayer fue 19 me recalcó ella, si no me crees mira tu reloj, ahí está la fecha; efectivamente, ahí estaba la fecha, 20 de diciembre, entonces lo de ayer qué fue, ¿un sueño? ¿Una pesadilla?, ¿una premonición?; levante rápido que tienes examen me dijo mi madre interrumpiendo mi pensamiento.

Me levanté presuroso intrigado por lo que había pasado, hoy es tu examen difícil recuerdas que me lo dijiste; sí madre, pero ayer no fue que… seguro has soñado que dabas el examen hijo, diciendo eso se retiró.

Me quedé tonto, miré hacia el velador y no estaba la estampa, fui al estante de mis libros y ahí estaba el decameron, pregunté a mi madre por mi hermano y me dijo que en la tarde viajaría. Entonces lo entendí, todo fue un sueño, pero que raro sueño me dije.

Salí de casa presuroso convencido que todo había sido un sueño, me encontré con mi amigo Juan, y comentamos ambos sobre el examen difícil al cual nos enfrentaríamos, entonces, él sin mediar argumento alguno abrió su maleta, sacó un cuaderno, lo abrió y ahí estaba ella, la reconocí de inmediato, me dijo: toma esta estampa, sé que no crees en religiosidad, ni en santos, pero te juro compare que esta santa es de la puta mare, pide que te ayude, pídele que te sople en el examen. No dudé ni un segundo y la tomé, pero no porque quería un milagro sino porque la reconocí, justamente esa estampa estaba en mi casa, ¿qué? Pregunto él; no nada le dije. Mira compare, empezó a darme instrucciones, rézale y dile que te ayude, a mi ya me ha ayudado en tres exámenes y no me ha fallado, por Diosito.

No estaba seguro de que me pudiera hacer el milagro pues estoy convencido que solo el que estudia aprueba y no por intersección de un milagrito, pero la tenía en mis manos, ya sin barba. Entré al salón sonriendo y a manera de sarcasmo le dije: haber pues, si es verdad ayúdame pe.

Di mi examen y salí sudando, fue un esfuerzo tremendo, pero algo me decía que había aprobado, el profesor avisó que los resultados saldrían después de una hora así que decidí esperar.

Transcurrida la hora de espera, los resultado llegaron, comenzó el profesor a dar las notas hasta que llegó mi turno, al ver mi examen me quedé sorprendido, tonto, no pensé que alguna vez sacaría esa nota, no podía salir de mi asombro, no es posible, no es posible, pero cómo, tanto así, tanto así, tanto así me decía. Sara que se había sentado a mi costado no dejaba de verme, pues no podía ocultar mi rostro de asombro, ¿cuánto tienes me dijo?; una nota que jamás pensé sacar le respondí, déjame ver me dijo, y le di el examen, ella también se quedó asombrada, ¡wow! ¡asumadre! Pero tanto así, tanto así, tanto así, también dijo ella. El compañero que me había dado la estampa también se quedó asombrado porque ahora los dos estamos abobados con mi examen, se acercó me pidió mi examen y al verlo: ¡mierda, tienes 01, no jodas, tanto así, tanto así. Volvió a decir él.

Volviendo a mi realidad, lo miré y le dije: carajo, no dices que muy milagrosa esa santa, no dices que hasta imposibles, y esto qué es. Me has dado una estampa que no funciona, a lo mejor no estaba cargada, a lo mejor, a lo mejor yo soy un estúpido, mejor hubiese estudiado y no apelado al milagro de una santa que no sabe hacer milagros… o tal vez sí?

- FIN -

7 comentarios:

Tito dijo...

ta weno... me divertí

Javicho dijo...

la sarita te va a castigar...
bien!!!
me gusto mucho

Valeria dijo...

está chevere el cuento, escribe uno con judas jijiji

Max dijo...

A mi si me hizo el milagrito aunque a veces le falla otros, total no es una santa de mucho kilometraje (aparentemente) pero lo bueno es que algo hace...

Paulo dijo...

Que las palabras cobren vida
en tu pecho de servidor
de dudas en arrabal
lleno de posibles encuentros
con la verdad

Librito manda dijo...

conmovedroa, tragica, ludica, graciosa y sorpresiva.. ese relato me atrapó al toque...

Anónimo dijo...

ESTAN BUENOS LOSPOEMAS QUE SIGAS ESCRIBIENDO Y TRIUNFES EN LA LITERATURA