jueves, 21 de febrero de 2008

ESPECTRO

©Ronald Castillo Florián

Nunca había visto algo igual, en toda mi vida juro que nunca vi algo parecido. Esa noche me quedé tan sorprendido con aquella imagen que desde ese momento no dejo de rezar antes de dormir. Fue algo extraordinario, fuera de lo común. Siempre regreso de trabajar a las ocho de la noche, hora habitual donde todo el mundo se dirige a su casa para descansar. Ese día tuve la mala suerte de salir media hora tarde, salí hecho una furia porque debía de sacar unas copias y la maldita maquina se había trabado.

No sé porque pero ese día todos salieron temprano, nadie se quedó en la empresa, cosa rara pues siempre había alguien que se quedaba. El lugar estaba invadido por un silencio sepulcral, la ausencia de personas y el sonido del silencio me escarapelaban el cuerpo, esa misma sensación lo había sentido solo una vez cuando era niño y había ido a visitar a mi abuelo que se había convertido en un tipo solitario a raíz de la muerte de mi abuela, le gustaba estar casi a oscuras, solamente alumbrado por una mísera lámpara que más parecía una vela.

Recuerdo que al ingresar a su casa un aire pétreo estaba en el ambiente. Encontré a mi abuelo sentado en su sillón de lectura, lo saludé pero no me contestó, entonces recordé que cuando él leía se concentraba tanto que tenía que gritársele para que despierte. Fui directamente a su lado, estaba leyendo a Edgar Poe: entierro prematuro. Me quedé contemplando al viejo, su imagen adusta y senil me inspiraban compasión. Me dio pena al notar que mi abuelo ya no leía, que sólo cogía el libro y fingía disfrutarlo, retiré el libro de sus manos diciéndole: yo te leo el cuento abuelito, pero no me contestó, aunque en su silencio me dijo que sí, que le leyera el cuento, que él escucharía todo, que lo disfrutaría como en su tiempo de juventud donde devoraba libros sin compasión, sí léeme no solo ese cuento, léeme todos los cuentos del mundo parecía decirme, y entonces empecé la lectura. Tuve que hacer mucho esfuerzo para leer, ya que la luz tenue me lo imposibilitaba. Aquel cuento a medida que iba avanzando me inspiraba miedo, me imaginaba el suceso y un frió necrófico se me apoderaba. Al terminar la lectura, cerré el libro, y le pregunté si quería que le siga leyendo, pero no me contestó, entonces, lo abracé y me di cuenta que estaba helado, me acerqué a su rostro y noté que sus ojos estaban abiertos e inmóviles, el viejo se había muerto y yo ni cuenta me había dado. Lo demás es historia sabida. Aquella anécdota solo lo narré una vez pues me daba miedo el imaginar que había dialogado con un cadáver. Pero esa noche, al salir del trabajo esa misma sensación estaba en mí. Por eso caminaba raudo y parecía que el camino no tenía fin.

Respiré casi tranquilo cuando divisé la puerta de salida, metí mis manos al bolsillo y las malditas llaves no estaban, recordé que por la rapidez las había olvidado, teniendo que regresar nuevamente a mi oficina. No quería hacerlo ni mucho menos darme media vuelta, sentía que si lo hacía me moriría en ese instante. No tenía otra alternativa, pues la hora avanzaba y el pánico se apoderaba cada vez de mí. Me persigné devotamente, di media vuelta, todo estaba oscuro y de pronto ahí estaba ELLO trayendo las llaves, se fue acercando poco a poco, y las dejó en el suelo, no sabía si recogerlo, no sabía qué hacer, el miedo me había dejado mudo.

Conforme se acercó, se alejó, parecía que solo me había traído las llaves, pero el mutismo, y la inmovilidad no se me quitaba, a pesar de la oscuridad del lugar logré verlo, cuando desapareció, recordé nuevamente a mi abuelo, lo recordé aunque no sabía si era él u otro ente, lo recordé y le prometí que lo visitaría en el cementerio, que no sería mal nieto, que rezaría todas las noches, pero que por favor no me asuste nunca más.
-FIN-

jueves, 14 de febrero de 2008

HIJO

© Ronald Castillo Florián

Gael
criaturita de Dios
amor sin límite
vida hecha vida
realización de un cariño

Gael
mis momentos ya no son míos
ni mi tiempo será mi tiempo
ni mi suspiro mi suspiro
a partir de ahora
mi vida se centra en tu vida
en tu llanto en tu risa
en tus esperanzas en tus sueños
todo mi sendero ya no es sendero si no estás conmigo
todo lo que tengo ya no es mío
nada tengo ahora
y lo tengo todo contigo

Gael
mil veces siempre será mi vida la tuya
y me consagro desde ahora a nuestro tiempo
al tiempo que viviremos juntos
hasta que te deje de acompañar
pero a pesar de eso
siempre estaré contigo
y tú vas a estar conmigo
porque yo soy tú
tú eres yo
y nosotros siempre estaremos así

Gael Hijo
tú eres mi H I J O

lunes, 11 de febrero de 2008

CONVERSIÓN


©Ronald Castillo Florián


Esa día desperté como nunca antes, a las 5 de la mañana, hora extraña e inexacta para mi acostumbrado despertar diario. Suelo ser un tipo dormilón que se acuesta a muy altas horas de la noche y consecuentemente se levanta tarde. Pero ese día fue algo insólito que ni yo me lo creía al punto de pensar que estaba soñando. Lo cierto era que no tenía sueño y sentía unas ganas enormes de tomar un libro y quemarlo, pero no sabía cuál ni por qué.

Aquella sensación pirómana lo tenía tan a flor de piel que me tenía tembloroso en mi cama, no quería levantarme porque quería dormir, y jamás en la vida se me había cruzado en la mente quemar un libro, por más malo que sea, por más vil, por más hereje un libro no merece ser quemado sino más bien sus autores –analógicamente hablando- por eso aquella sensación estúpida de levantarme y prender fuego un libro me tenía asombrado que me resistía a tal evento demoníaco.

Me sentía intranquilo, ansioso, me agarraba fuerte del colchón, daba vueltas y dentro de mí me repetía ¡jamás lo haré, no lo haré! Pero esa fuerza inefable cada vez se atenuaba que no sabía si llegaría a resistir. Como en toda lucha siempre hay un perdedor, no pude más y decidí rendirme, me levanté de un brinco, me puse un polo y me dije: ok, iré a quemar el libro. Descendí las escaleras de mi cuarto, aquella fuerza extraña me conducía, y en vez de llevarme a la pequeña biblioteca de mi casa me llevó a la cocina, me hizo tomar un fósforo y me condujo nuevamente a mi cuarto. Qué extraño me dije, por qué voy a mi cuarto, tal vez porque el libro está ahí me respondí, es increíble caminar guiado por algo sobrenatural pero yo me dejaba llevar para acabar de una vez con esa payasada.

Al llegar a mi cuarto me dirigí inmediatamente a mi escritorio, me senté y de la ruma de libros que tengo comencé a escoger el que tendría que morir. Buscaba y buscaba con tanta desesperación que me ponía nervioso, hasta que lo encontré, era un libro relativamente nuevo, poco leído, no famoso, color anaranjado, de poemas no muy logrados, un libro joven que la fuerza literaria –o qué sería- me obligaba a destruir.

Observé bien el libro y al reconocerlo me asusté mucho, aquel libro era mío, uno que había publicado recientemente y que no tuvo difusión, un libro escueto pero mi hijo al fin y al cabo y esa fuerza extraña me obligaba a prenderle fuego, antes de eso, sentí unas ganas enormes de volverlo a leer, lo coloqué encima del escritorio, lo contemplé silenciosamente, parecía dormir y mis manos hábilmente encendieron un fósforo dirigiéndolo a mi cabeza. Me asusté mucho pero esa fuerza tremenda me obligaba a quemarme, luché conmigo mismo y el fósforo parecía no agotarse.

No quise luchar más, me encendí la cabeza y mis pensamientos se fueron disgregando de a pocos, después de ese evento, he comenzado a escribir puro fuego, solamente fuego que ya no se apagarán jamás.

-FIN-

sábado, 9 de febrero de 2008

NADIE


©Ronald Castillo Florián

Sólo lo vi una vez en la vida, pero fue suficiente para no olvidarlo jamás. Él era enjuto, lacónico, animal, grasiento, grosero, enano, feo, y sobre todo un can humanizado que respondía al nombre de Nadie.

Fue una tarde de invierno más o menos a mediados del mes de noviembre que se cruzó en mi camino. Yo estaba en procura de algún restorante donde poder tomar una buena taza de café caliente para aplacar el frío demencial, y él, no sé que hacía por ahí. Yo llevaba en mis manos la obra completa de San Juan de la Cruz. Percibí que me observaba con su mirada de fuego, pero no le hice caso pues sabía que se trataba de un loco más, unos de tantos como yo.

Encontré un restaurante media hora después de vagabundear, me senté y pedí un café muy cargado y súper caliente. El mozo no demoró en traerlo y me preguntó si quería algo más, le dije que por el momento no, respuesta que le disgustó pues por un café no se deja propina. Con el café casi hirviendo a mi lado, disimuladamente saqué la pequeña botella de ron que siempre cargo y lo vertí en la taza caliente de manera discreta, celosa y cuidadosamente, para que nadie se dé cuenta. Una vez colocado aquel néctar (al menos para mí lo es) procedí a guardar mi botellita con el mismo celo con que lo había sacado. Perdí la visión del lugar por tres segundos, y cuando volví a mi realidad me di cuenta que aquel tipo estaba frente a mí, bien sentadote, mirándome emocionado y con un cigarro apestoso en la mano. Disimulando mi asombro le dije: “quién diablos eres”; él con su seriedad animalesca me dijo que era Nadie y que estaba ahí solo por una cosa. Yo rápidamente le dije que se estaba jodiendo porque no tenía plata, que perdía el tiempo.

No quiero nada de ti, me dijo seriamente. Entonces qué quieres, porque estás aquí, le respondí molesto. Aspiró con placer la última parte de su cigarro y luego, hábilmente, quitó el papel de la colilla y la comenzó a masticar como chicle. No pretendo nada de ti, me volvió a decir, no pretendo nada de nadie. Sólo estoy aquí por una cosa.

Yo seguía sin entender qué es lo que quería, miré a ambos lados, el mozo parecía no percatarse de aquel extraño, las demás personas hablaban y bebían tranquilos. Qué quieres le dije. Sólo quiero que me leas un poema de San Juan de la Cruz, sólo eso. Me sorprendí de aquella petición, me quedé mirándolo y pensando en cómo un “animal” podía conocer a tal insigne poeta; léeme un poema por favor, diciéndolo esta vez con una voz infantil y con un brillo en los ojos que deslumbraban emoción. Ante aquel pedido yo no podía hacer caso omiso, entonces abrí el libro al azar y salió el poema: “Un Pastorcito” Lo recité (leí) como si la conociera desde siempre y una vez terminada la lectura, bajé el libro lentamente, lo coloqué en la mesa y vi que aquel visitante inoportuno estaba mirando concentrado algún lugar inexistente, luego me miró fijamente, y me dijo:

- ¡Esa es mi historia, esa es mi historia!.
Se levantó despacio y se fue repitiendo esa frase. Me quedé sorprendido por aquel cuadro, cogí la taza de café:

- ¡Mierda se enfrió esta vaina, ese loco tiene la culpa!.

Me levanté molesto, y decidí irme del lugar, el mozo vino hacía mí pidiéndome que pagara el café, yo furiosamente le dije que no pagaría por algo frío y me fui echo una bestia sin saber por qué.

-FIN-

lunes, 21 de enero de 2008

¿___________?


© Ronald Castillo Florián

Hoy -no importa la fecha- pero hoy después de muchas hojas caídas y de tantos tropezones, me he decidido a escribir no sé qué cosa, pero a escribir algo que en el fondo calmará estos demonios que me perturban la existencia desde que tengo uso de razón, y eso hace mucho…

El letargo fue porque me detuve a leer sin descanso: manifiestos, pasquines, revistas, novelas, páginas web, hojas sueltas, etc en procura de ese no sé qué inspirador y así reflejar algunas líneas como ésta que nace sin tener una idea previa y que surge por el simple hecho de comunicar hasta lo que yo ignoro.

También fue imperativo las tantas mentiras que fui respirando el año pasado y que en cierto modo me exhortaban a claudicar de esta enfermad escribana, NUNCA PUBLICAR NADA porque las empresas editoriales de buen gusto ya tienen un estudio previo de mercado y saben qué producto registrar como bueno –¿será un filtro confiable?- por lo tanto un amante de la buena lectura y un neófito escriba como yo, solo debe remitirse a quedar relegado en la silla de espera que nunca avanza, anclarse junto a sus hijos, mirar al cielo, resignarse a ser perdedor y a seguirse mintiendo… ¡el mundo no es una joda!

Son tantas las trabas y las heces con las que se debe enfrentar un escritor que francamente seguir con esta idea es declararse padre de la locura.

Son tantas las opiniones y las malas voluntades que se derraman ante un escrito que hay que estar demasiado hipnotizado en nuestro buen quehacer para seguir levantando ese blasón alfabético que es al mismo tiempo nuestra vida y muerte.

Son tantas las lluvias inquisitivas de seudos críticos literarios que lo único que buscan es lisonjear a empedrados fanáticos que anquilosados a su pluma se hacen reflejar como eximios siendo simples sombras e imitaciones de autores consagrados.

En fin, son tantos los argumentos detonantes que se cruzan en nuestra vida que verdaderamente soñar en literatura ya no es una utopía sino un imposible.

Pregunta: ¿seguiré vivo?
Respuesta: respiraré hasta donde pueda.

jueves, 13 de diciembre de 2007

¿Loca?

© Ronald Castillo Florián

Aún lo recuerdo, me había quedado dormido plácidamente en la sala de mi casa. Había acomodado el sillón de tal manera que estaba tan cómoda que parecía mi cama. Eran como las diez de la mañana, estaba a punto de salir y de súbito un sueño tremendo me invadió y sin mediar nada me acosté sin importarme que en ese momento esperaran por mí en el centro de Lima.

Aún lo recuerdo, entre sueño escuchaba a mi madre entrar y salir de la casa, primero para hacer su ininterrumpida limpieza del frontis del hogar para después terminar en la sala. Por suerte mía ella respetaba mi sueño y realizaba su labor sin hacer el mínimo ruido. Luego, al terminar la limpieza se fue al mercado, mientras yo seguía tirado roncando deliciosamente en ese vetusto sillón que conozco desde que era un bebé.

No me importaba nada que María Liz estuviera esperándome en la plaza de armas, habíamos quedado justo al frente del palacio de gobierno con el severo castigo de quien llegase segundo tendría que comprar un helado. No me importaba que justo a esa hora hubiera salido un sol inclemente y que ella estuviera sentada solita en medio de la plaza aguantando el calorón que le enfermaba su piel porque es blanca como la leche. Siempre me había gustado María Liz, primero porque su nombre me parecía exótico, segundo por su extrema delgadez que unido a su cabello negro largo, le daban una combinación de sombrío reflejo que me asustaba y me excitaba al punto de sentirme atraído antes de siquiera haberla conocido. María Liz estudió filosofía y se cree poeta, yo estudié literatura y juntos hacíamos de las más terribles opiniones un coloquio tan ameno que terminábamos hasta mentándonos la madre con tal placer que acabábamos extasiados por tremendo dialogo. María Liz también tenía una manía al igual que yo, nunca llegábamos tarde, pero aquel día, un sueño abismal me había capturado olvidándome por completo que ella me esperaba sentadita en la plaza de armas, muriendo de calor, esperando su helado y maltratando su piel.

La cita había sido pactada para las once de la mañana, yo desperté a las doce y media o mejor dicho mi madre me despertó preguntándome si quería almorzar. Cuando abrí los ojos no recordaba nada, me senté somnoliento bostezando y refregándome los ojos, entonces la imagen de María Liz me invadió el cerebro adormeciéndolo de miedo que grité su nombre al tiempo que me alistaba para ir a su encuentro. Entonces sucedió, sonó mi celular, presuroso lo contesté y no había nadie al otro lado, grite y grité y nadie me contestaba. Seguí apresurando mis cosas para salir volando y volvió a sonar el celular, esta vez en la pantalla salía el nombre de BEBITA –apelativo que había puesto a María Liz para saber cuando ella me llamaba- pero nuevamente nadie contestaba, ya pues María Liz dime algo, le suplicaba, y el silencio seguía en el otro lado hasta que me colgaron. Salí presuroso de mi casa y mi mamá intrigada me preguntó para donde iba y no tuve tiempo ni para responderle. En el camino mi celular volvió a timbrar pero ella no me contestaba yo como sabía que me escuchaba le pedía perdón por mi falta y le rogaba que me espere. Así me tuvo todo el camino, me llamaba y no contestaba y yo seguía rogándole su perdón y esbozando disculpas de todo tipo. Llegué media hora después, fui corriendo a la plaza de armas, no sin antes comprar un helado súper especial a modo de paga por mi error, cuando llegué a la plaza encontré un montón de gente al frente del palacio de gobierno, todos conversaban y renegaban, no entendí que sucedía pero me acerqué pues estaban en la banca acostumbrada donde María Liz y yo nos esperábamos.

Tanta gente me intrigaba, me metí por en medio y ahí estaba María Liz, hablando fuerte, anunciando no sé que cosa pero llamando la atención del público, me miró, me saludó tímidamente e interrumpió su discurso, la gente al ver que ella no decía nada se dispersó, entonces le pregunté qué es lo que estaba sucediendo mientras le entregaba su helado, y ella me respondió que no lo entendería. Quise respetar su silencio pero la intriga ya estaba sembrada en mi mente.
Entonces le increpé el por qué me timbraba al celular y no contestaba y me volvió a decir que tampoco lo entendería. No supe si molestarme o seguir respetando su silencio, pero ella al notar mi tristeza me dijo:

- ¿Sabes porque no te quiero decir lo que estaba sucediendo?
- ¡no, no lo sé! –dije triste esperando me contara-
- Porque esperar me jode la cabeza y tenía de alguna forma hacer algo mientras tú llegabas.
- ¿Qué? –pregunté extrañado-
- Por eso mismo digo que no lo entenderías.



-Fin-

lunes, 12 de noviembre de 2007

EL REFLEJO



© Ronald Castillo Florián

No podía creerlo, estaba justamente frente a mí, delante de mis ojos, casi casi en mis brazos… Siempre lo había soñado, siempre fue una obsesión, siempre fue un deseo universal encontrarlo, mirarlo, y suavemente tenerlo en mis brazos.

Fue un día de agosto, aproximadamente a las tres de la tarde, yo estaba con sed y cansado de tanto caminar dejando mi currículum en varias empresas donde puedan solicitar mis servicios. Lo recuerdo bien, yo estaba por la plaza San Martín, exhausto, perplejo, y conchamadreando a todo el mundo porque la sed y el cansancio me estaban desgraciando la vida.

De pronto, en una de esas apoteósicas ventadas de madre que daba a los transeúntes (mentalmente claro está) lo vi aparecerse -¿o fui yo quien me le aparecí?- pero lo cierto es que ahí estábamos los dos, frente a frente, pico a pico, nariz a nariz, pechito a pechito, lo miré, me miró, le moví las cejas, alcé las manos, estornudé, y él hizo lo mismo, quién diablos eres, me preguntaba en silencio, quién diablos eres, me volvía a decir, y al instante mi cerebro (que nunca para ocioso) me respondía que era aquello que yo buscaba desde hace muuuucho tiempo, pero; qué era aquello, volvía a preguntarme y mi cerebro una vez más (es que el truhán es tan acertado) volvía a responder que era aquello que necesitaba. Estuve un buen rato parado frente a él, un rato eterno, un rato ratísimo (en verdad un minuto pero que para mía era toda una vida), y ya cuando estuve cansado –un minuto vale horas- estaba a punto de hacerle frente, y en eso apareció otro tipo, éste era distinto, con barba, feo, mal vestido que me dijo de inmediato:

- ¿lo va a llevar o qué?

Lo miré asombrado diciendo: ¿me lo tengo que llevar?
- Claro que se lo tiene que llevar –respondió enojado- Pero antes me tiene que pagar.

Fue entonces que entendí, la cachetada de la realidad vino a mí, metí la mano al bolsillo y sólo tenía ochenta céntimos (precio del medio pasaje) y le dije:

- No necesito por el momento el espejo.

Mi me fui triste porque en verdad sí lo necesitaba, solo que no tenía dinero.
-FIN-

sábado, 29 de septiembre de 2007

LA VISITA


© Ronald Castillo Florián

Lo supe después que se fue de mí. Sucedió así sin más ni más un día cualquiera. La noche anterior yo había llegado tarde y muy cansado del trabajo, en el camino estaba renegando porque la maldita combi demoraba deteniéndose en cada paradero, yo no pude contenerme y muchas veces recriminé al conductor, éste para callarme me decía que si estaba apurado me baje y tome un taxi.

Esa noche había llegado a mi casa hecho una furia, estaba tan molesto y cansado que sin mediar nada me dispuse a dormir no sin antes prometerme que al día siguiente mandaría al diablo cualquiera que se atreva a molestarme.

En la mañana, al despertar, estaba esperándome, no sé si toda la noche o acababa de llegar, lo cierto es que estaba delante de mí. Cuando se percató que yo despertaba, raudamente como predestinada se posó en mi cabeza, me dio tanto asco que de un movimiento la espanté, pero ésta al parecer quería estar conmigo que volvió a posarse, una y muchas veces la ahuyenté pero ella terca regresaba, finalmente tuve que dejarla porque se me hacía tarde para ir a trabajar. Todo el camino me acompañó, no me dejaba libre, por momentos la olvidaba y por otros me daba mucha cólera, pero no podía detenerme en cojudecitas pues sabía que tarde o temprano debía abandonarme.

Así estuvo todo el día, terca, libidinosa, maldita, detestable, angurrienta, abusiva, asquerosa. Regresé a casa echando tantos diablos que no tuve ganas de cenar. Me alisté para dormir y ella, por fin, salió de mi cabeza, se puso frente a mí, me miró y se fue. Me quedé pensando el por qué de la visita de aquella mosca, el porqué de su compañía todo el día; y justo antes de dormir lo entendí:

- ¡Lo que pasa –dije sabiamente- es que todo el día estuve pensando cochinadas!


-Fin-

lunes, 24 de septiembre de 2007

AQUELLA MUJER, AQUELLA MISTERIOSA MUJER

© Ronald Castillo Florián

Ahí estaba ella, me parecía conocerla de algún sitio, yo sentía esa extraña sensación que se tiene cuando crees reconocer a alguien y no sabes quién es, ese sentimiento que te pasa por la cabeza cuando vez a una persona que creíste ver antes pero que no logras reconocer. Ahí estaba ella sentada en el parque, y yo a cinco metros observándola, tratando de sacar del baúl de mis recuerdos su imagen. Ahí estaba ella casi llorando, triste, mirando un horizonte que en realidad no miraba, y yo a cinco metros preguntándome: de dónde la conozco.

Me quedé un buen rato mirándola, ella parecía no notar mi presencia, es más ella parecía no estar en este mundo, sus ojos miraban un punto fijo que la hipnotizaba, que la abstraía y del cual parecía no querer salir. Yo por mi parte, hacía esfuerzos para saber quién era, pero mi mente era tan débil que ningún vestigio de conocimiento me daba. Quise darme media vuelta, seguir mi camino, quise alejarme porque tal vez había sido una especie de casualidad, tal vez en realidad no la conocía y tendría algún parecido con alguien que conozco y por ello la confusión. Ella inmutable, seguía observando al horizonte, parecía una estatua humana, parecía un muñeco sin vida que se quedó sentado a la espera de que alguien le dé movimiento, entonces me decidí, tendría que acercarme de una vez por todas para saber si la conozco o simplemente me equivoqué. No tenía nada que perder, si no llegaba a reconocerla me retiraría con una disculpa, seguiría mi camino y me iría sonriendo por lo tonto y la mala pasada que me hizo mi mente.

Ahí parado, mirándola, tratando de imaginar algún dialogo di el primer paso, fue el paso más largo de mi vida, fue el más extraño y pesado, era un sufrimiento acercármele, era una fuerza extraña que me impedía avanzar, pero no me inmutaba, tengo que avanzar me decía, tengo que avanzar para saber quién es esa mujer que creo reconocer. Al principio pensé que era parte del nerviosismo, pensé que era mi incapacidad estúpida que siempre me gobierna, pensé que era parte de mi timidez que me hacía sentir miedo de estar a su lado, pero ya estaba decidido, ya estaba animado, ya estaba con ánimos y nada ni nadie me harían cambiar esa decisión importante.
Ella sólo miraba al horizonte, concentrada en su pensamiento, concentrada en su vida sin importarle nadie más, sin importarle que a cinco metros hubiera un tonto que estaba dispuesto a jugarse la vida con tal de saber quién era, con tal de saber si la había visto en algún lado.

El segundo paso fue más difícil aún, fue doloroso, trágico, devastador, sentía que cada esfuerzo que hacía me arrancaba las entrañas, sentía que en cada intensión tenía menos aire, pero ya estaba decidido y no volvería atrás.

A pesar del sufrimiento, y de las lágrimas me propuse no detenerme, estaba tan cerca, tan lejos, que no me rendiría, sentía como si mis piernas fueran dos muros de concreto, sentía como si mis piernas fuesen dos pesadas rocas ancladas al suelo y que ésta no estaba dispuesta a soltar, sentía que se me iba la vida en cada paso pero estaba listo para ofrecerla con tal de verla de cerca y así resolver ese misterio de quién es ella. Ya para el quinto paso una extraña sensación me empezó a invadir, un sudor frío, inefable, caluroso, angustioso, me empezó a abordar el cuerpo, una sensación que me decía: date vuelta, regresa, no avances más, te costará la vida llegar a ella; pero si ya estoy a un paso, pero si ya estoy tan cerca, y lo decidí ahí mismo, aunque me juegue la vida, aunque muriera en el intento, ese día, a esa hora, en ese lugar resolvería el misterio de esa extraña mujer sentada en el parque que mira al horizonte y que no se percata que muero por reconocerla.

Hasta que finalmente, con mucho esfuerzo, casi muriendo, agonizando, desangrándome pero con alegría de haberlo logrado llegué a su costado, me senté a su lado, pero ella seguía inmutable, seguía concentrada en su pensamiento, no sé dio cuenta que yo estaba sentado a su lado, observándola, mirándola, atrapándola, sufriéndola, recordándola… me quedé así, hasta que decidí hablarle, me atreví a romper su concentración, violenté su silencio, tal vez no me lo perdonase, tal vez , tal vez, tal vez, mi vida siempre había sido eso, puros tal vez, malditos tal vez que me impiden tomar decisiones, estúpidos tal vez que me frenan y me cagan la vida, tontos tal vez que al igual que mi vida se bifurca al no saber qué hacer, porque esos tal vez siempre estaban cerca de mí, en mis labios, en mi lengua, en mi cabeza. Hola, le dije nervioso, creo que te conozco; entonces ella, pareció salir de su trance, me había escuchado, la había interrumpido, volteó para verme y en el instante que lo hacía, la reconocí, era aquella mujer que desde hace siete años me roba el pensamiento, aquella mujer que desde hace siete años mi corazón solo late por verla, aquella mujer que desde hace siete años suspiro y por culpa suya mi vida no tiene sentido. Volteó a mirarme, yo me quedé asombrado, no dije nada, cerré los ojos dos segundos y cuando los abrí, ya no estaba, había desaparecido, se había hecho humo. Sorprendido por esa experiencia me levanté y seguí mi camino, pensando qué había pasado, por qué se había ido, entonces lo entendí, era su recuerdo el que me visitaba, era su recuerdo que no se había querido borrar de mí.


-FIN –

lunes, 17 de septiembre de 2007

NO SÉ NADA

© Ronald Castillo Florián


Esbozado en Ica


Decir “no sé nada” en este tiempo no es utopía, ni mucho menos sinónimo de ignorancia. No se trata de ser retórico ni un pobre "inculto" de la sociedad, es sólo reflejar lo que se está viviendo en nuestro contexto actual.

Lo sorprendente es que cada vez son pocas las personas que reconocen aquella sapiencia de ignorar lo que no se sabe, ya que el común regulador del mundo dice saberlo todo. Si algo ignoras simplemente eres un don nadie, por ello muchos de nuestros amigos, familiares, vecinos, personas vinculadas a nuestro entorno y también aquellas que desconocemos, cada vez más, dicen que lo saben todo o casi todo aun si saber si es cierto.

En este momento decir “no sé nada” es una gran valentía universal, porque cada vez la ciencia descubre cosas nuevas, tanto así que los conocimientos previos quedan caducos. Por ello decir “no sé nada” no me da miedo, temo decir que lo sé todo, porque después cuando alguien me pregunte de uno u otro tema me daré cuenta que sé todo sin saber nada y así me perderé viciosamente en la retórica fantasiosa del saber todo sin saber nada, por eso, al aceptarlo lo declaro.... ¡No sé nada! aquella frase me abre al conocimiento universal.