jueves, 13 de diciembre de 2007

¿Loca?

© Ronald Castillo Florián

Aún lo recuerdo, me había quedado dormido plácidamente en la sala de mi casa. Había acomodado el sillón de tal manera que estaba tan cómoda que parecía mi cama. Eran como las diez de la mañana, estaba a punto de salir y de súbito un sueño tremendo me invadió y sin mediar nada me acosté sin importarme que en ese momento esperaran por mí en el centro de Lima.

Aún lo recuerdo, entre sueño escuchaba a mi madre entrar y salir de la casa, primero para hacer su ininterrumpida limpieza del frontis del hogar para después terminar en la sala. Por suerte mía ella respetaba mi sueño y realizaba su labor sin hacer el mínimo ruido. Luego, al terminar la limpieza se fue al mercado, mientras yo seguía tirado roncando deliciosamente en ese vetusto sillón que conozco desde que era un bebé.

No me importaba nada que María Liz estuviera esperándome en la plaza de armas, habíamos quedado justo al frente del palacio de gobierno con el severo castigo de quien llegase segundo tendría que comprar un helado. No me importaba que justo a esa hora hubiera salido un sol inclemente y que ella estuviera sentada solita en medio de la plaza aguantando el calorón que le enfermaba su piel porque es blanca como la leche. Siempre me había gustado María Liz, primero porque su nombre me parecía exótico, segundo por su extrema delgadez que unido a su cabello negro largo, le daban una combinación de sombrío reflejo que me asustaba y me excitaba al punto de sentirme atraído antes de siquiera haberla conocido. María Liz estudió filosofía y se cree poeta, yo estudié literatura y juntos hacíamos de las más terribles opiniones un coloquio tan ameno que terminábamos hasta mentándonos la madre con tal placer que acabábamos extasiados por tremendo dialogo. María Liz también tenía una manía al igual que yo, nunca llegábamos tarde, pero aquel día, un sueño abismal me había capturado olvidándome por completo que ella me esperaba sentadita en la plaza de armas, muriendo de calor, esperando su helado y maltratando su piel.

La cita había sido pactada para las once de la mañana, yo desperté a las doce y media o mejor dicho mi madre me despertó preguntándome si quería almorzar. Cuando abrí los ojos no recordaba nada, me senté somnoliento bostezando y refregándome los ojos, entonces la imagen de María Liz me invadió el cerebro adormeciéndolo de miedo que grité su nombre al tiempo que me alistaba para ir a su encuentro. Entonces sucedió, sonó mi celular, presuroso lo contesté y no había nadie al otro lado, grite y grité y nadie me contestaba. Seguí apresurando mis cosas para salir volando y volvió a sonar el celular, esta vez en la pantalla salía el nombre de BEBITA –apelativo que había puesto a María Liz para saber cuando ella me llamaba- pero nuevamente nadie contestaba, ya pues María Liz dime algo, le suplicaba, y el silencio seguía en el otro lado hasta que me colgaron. Salí presuroso de mi casa y mi mamá intrigada me preguntó para donde iba y no tuve tiempo ni para responderle. En el camino mi celular volvió a timbrar pero ella no me contestaba yo como sabía que me escuchaba le pedía perdón por mi falta y le rogaba que me espere. Así me tuvo todo el camino, me llamaba y no contestaba y yo seguía rogándole su perdón y esbozando disculpas de todo tipo. Llegué media hora después, fui corriendo a la plaza de armas, no sin antes comprar un helado súper especial a modo de paga por mi error, cuando llegué a la plaza encontré un montón de gente al frente del palacio de gobierno, todos conversaban y renegaban, no entendí que sucedía pero me acerqué pues estaban en la banca acostumbrada donde María Liz y yo nos esperábamos.

Tanta gente me intrigaba, me metí por en medio y ahí estaba María Liz, hablando fuerte, anunciando no sé que cosa pero llamando la atención del público, me miró, me saludó tímidamente e interrumpió su discurso, la gente al ver que ella no decía nada se dispersó, entonces le pregunté qué es lo que estaba sucediendo mientras le entregaba su helado, y ella me respondió que no lo entendería. Quise respetar su silencio pero la intriga ya estaba sembrada en mi mente.
Entonces le increpé el por qué me timbraba al celular y no contestaba y me volvió a decir que tampoco lo entendería. No supe si molestarme o seguir respetando su silencio, pero ella al notar mi tristeza me dijo:

- ¿Sabes porque no te quiero decir lo que estaba sucediendo?
- ¡no, no lo sé! –dije triste esperando me contara-
- Porque esperar me jode la cabeza y tenía de alguna forma hacer algo mientras tú llegabas.
- ¿Qué? –pregunté extrañado-
- Por eso mismo digo que no lo entenderías.



-Fin-

lunes, 12 de noviembre de 2007

EL REFLEJO



© Ronald Castillo Florián

No podía creerlo, estaba justamente frente a mí, delante de mis ojos, casi casi en mis brazos… Siempre lo había soñado, siempre fue una obsesión, siempre fue un deseo universal encontrarlo, mirarlo, y suavemente tenerlo en mis brazos.

Fue un día de agosto, aproximadamente a las tres de la tarde, yo estaba con sed y cansado de tanto caminar dejando mi currículum en varias empresas donde puedan solicitar mis servicios. Lo recuerdo bien, yo estaba por la plaza San Martín, exhausto, perplejo, y conchamadreando a todo el mundo porque la sed y el cansancio me estaban desgraciando la vida.

De pronto, en una de esas apoteósicas ventadas de madre que daba a los transeúntes (mentalmente claro está) lo vi aparecerse -¿o fui yo quien me le aparecí?- pero lo cierto es que ahí estábamos los dos, frente a frente, pico a pico, nariz a nariz, pechito a pechito, lo miré, me miró, le moví las cejas, alcé las manos, estornudé, y él hizo lo mismo, quién diablos eres, me preguntaba en silencio, quién diablos eres, me volvía a decir, y al instante mi cerebro (que nunca para ocioso) me respondía que era aquello que yo buscaba desde hace muuuucho tiempo, pero; qué era aquello, volvía a preguntarme y mi cerebro una vez más (es que el truhán es tan acertado) volvía a responder que era aquello que necesitaba. Estuve un buen rato parado frente a él, un rato eterno, un rato ratísimo (en verdad un minuto pero que para mía era toda una vida), y ya cuando estuve cansado –un minuto vale horas- estaba a punto de hacerle frente, y en eso apareció otro tipo, éste era distinto, con barba, feo, mal vestido que me dijo de inmediato:

- ¿lo va a llevar o qué?

Lo miré asombrado diciendo: ¿me lo tengo que llevar?
- Claro que se lo tiene que llevar –respondió enojado- Pero antes me tiene que pagar.

Fue entonces que entendí, la cachetada de la realidad vino a mí, metí la mano al bolsillo y sólo tenía ochenta céntimos (precio del medio pasaje) y le dije:

- No necesito por el momento el espejo.

Mi me fui triste porque en verdad sí lo necesitaba, solo que no tenía dinero.
-FIN-

sábado, 29 de septiembre de 2007

LA VISITA


© Ronald Castillo Florián

Lo supe después que se fue de mí. Sucedió así sin más ni más un día cualquiera. La noche anterior yo había llegado tarde y muy cansado del trabajo, en el camino estaba renegando porque la maldita combi demoraba deteniéndose en cada paradero, yo no pude contenerme y muchas veces recriminé al conductor, éste para callarme me decía que si estaba apurado me baje y tome un taxi.

Esa noche había llegado a mi casa hecho una furia, estaba tan molesto y cansado que sin mediar nada me dispuse a dormir no sin antes prometerme que al día siguiente mandaría al diablo cualquiera que se atreva a molestarme.

En la mañana, al despertar, estaba esperándome, no sé si toda la noche o acababa de llegar, lo cierto es que estaba delante de mí. Cuando se percató que yo despertaba, raudamente como predestinada se posó en mi cabeza, me dio tanto asco que de un movimiento la espanté, pero ésta al parecer quería estar conmigo que volvió a posarse, una y muchas veces la ahuyenté pero ella terca regresaba, finalmente tuve que dejarla porque se me hacía tarde para ir a trabajar. Todo el camino me acompañó, no me dejaba libre, por momentos la olvidaba y por otros me daba mucha cólera, pero no podía detenerme en cojudecitas pues sabía que tarde o temprano debía abandonarme.

Así estuvo todo el día, terca, libidinosa, maldita, detestable, angurrienta, abusiva, asquerosa. Regresé a casa echando tantos diablos que no tuve ganas de cenar. Me alisté para dormir y ella, por fin, salió de mi cabeza, se puso frente a mí, me miró y se fue. Me quedé pensando el por qué de la visita de aquella mosca, el porqué de su compañía todo el día; y justo antes de dormir lo entendí:

- ¡Lo que pasa –dije sabiamente- es que todo el día estuve pensando cochinadas!


-Fin-

lunes, 24 de septiembre de 2007

AQUELLA MUJER, AQUELLA MISTERIOSA MUJER

© Ronald Castillo Florián

Ahí estaba ella, me parecía conocerla de algún sitio, yo sentía esa extraña sensación que se tiene cuando crees reconocer a alguien y no sabes quién es, ese sentimiento que te pasa por la cabeza cuando vez a una persona que creíste ver antes pero que no logras reconocer. Ahí estaba ella sentada en el parque, y yo a cinco metros observándola, tratando de sacar del baúl de mis recuerdos su imagen. Ahí estaba ella casi llorando, triste, mirando un horizonte que en realidad no miraba, y yo a cinco metros preguntándome: de dónde la conozco.

Me quedé un buen rato mirándola, ella parecía no notar mi presencia, es más ella parecía no estar en este mundo, sus ojos miraban un punto fijo que la hipnotizaba, que la abstraía y del cual parecía no querer salir. Yo por mi parte, hacía esfuerzos para saber quién era, pero mi mente era tan débil que ningún vestigio de conocimiento me daba. Quise darme media vuelta, seguir mi camino, quise alejarme porque tal vez había sido una especie de casualidad, tal vez en realidad no la conocía y tendría algún parecido con alguien que conozco y por ello la confusión. Ella inmutable, seguía observando al horizonte, parecía una estatua humana, parecía un muñeco sin vida que se quedó sentado a la espera de que alguien le dé movimiento, entonces me decidí, tendría que acercarme de una vez por todas para saber si la conozco o simplemente me equivoqué. No tenía nada que perder, si no llegaba a reconocerla me retiraría con una disculpa, seguiría mi camino y me iría sonriendo por lo tonto y la mala pasada que me hizo mi mente.

Ahí parado, mirándola, tratando de imaginar algún dialogo di el primer paso, fue el paso más largo de mi vida, fue el más extraño y pesado, era un sufrimiento acercármele, era una fuerza extraña que me impedía avanzar, pero no me inmutaba, tengo que avanzar me decía, tengo que avanzar para saber quién es esa mujer que creo reconocer. Al principio pensé que era parte del nerviosismo, pensé que era mi incapacidad estúpida que siempre me gobierna, pensé que era parte de mi timidez que me hacía sentir miedo de estar a su lado, pero ya estaba decidido, ya estaba animado, ya estaba con ánimos y nada ni nadie me harían cambiar esa decisión importante.
Ella sólo miraba al horizonte, concentrada en su pensamiento, concentrada en su vida sin importarle nadie más, sin importarle que a cinco metros hubiera un tonto que estaba dispuesto a jugarse la vida con tal de saber quién era, con tal de saber si la había visto en algún lado.

El segundo paso fue más difícil aún, fue doloroso, trágico, devastador, sentía que cada esfuerzo que hacía me arrancaba las entrañas, sentía que en cada intensión tenía menos aire, pero ya estaba decidido y no volvería atrás.

A pesar del sufrimiento, y de las lágrimas me propuse no detenerme, estaba tan cerca, tan lejos, que no me rendiría, sentía como si mis piernas fueran dos muros de concreto, sentía como si mis piernas fuesen dos pesadas rocas ancladas al suelo y que ésta no estaba dispuesta a soltar, sentía que se me iba la vida en cada paso pero estaba listo para ofrecerla con tal de verla de cerca y así resolver ese misterio de quién es ella. Ya para el quinto paso una extraña sensación me empezó a invadir, un sudor frío, inefable, caluroso, angustioso, me empezó a abordar el cuerpo, una sensación que me decía: date vuelta, regresa, no avances más, te costará la vida llegar a ella; pero si ya estoy a un paso, pero si ya estoy tan cerca, y lo decidí ahí mismo, aunque me juegue la vida, aunque muriera en el intento, ese día, a esa hora, en ese lugar resolvería el misterio de esa extraña mujer sentada en el parque que mira al horizonte y que no se percata que muero por reconocerla.

Hasta que finalmente, con mucho esfuerzo, casi muriendo, agonizando, desangrándome pero con alegría de haberlo logrado llegué a su costado, me senté a su lado, pero ella seguía inmutable, seguía concentrada en su pensamiento, no sé dio cuenta que yo estaba sentado a su lado, observándola, mirándola, atrapándola, sufriéndola, recordándola… me quedé así, hasta que decidí hablarle, me atreví a romper su concentración, violenté su silencio, tal vez no me lo perdonase, tal vez , tal vez, tal vez, mi vida siempre había sido eso, puros tal vez, malditos tal vez que me impiden tomar decisiones, estúpidos tal vez que me frenan y me cagan la vida, tontos tal vez que al igual que mi vida se bifurca al no saber qué hacer, porque esos tal vez siempre estaban cerca de mí, en mis labios, en mi lengua, en mi cabeza. Hola, le dije nervioso, creo que te conozco; entonces ella, pareció salir de su trance, me había escuchado, la había interrumpido, volteó para verme y en el instante que lo hacía, la reconocí, era aquella mujer que desde hace siete años me roba el pensamiento, aquella mujer que desde hace siete años mi corazón solo late por verla, aquella mujer que desde hace siete años suspiro y por culpa suya mi vida no tiene sentido. Volteó a mirarme, yo me quedé asombrado, no dije nada, cerré los ojos dos segundos y cuando los abrí, ya no estaba, había desaparecido, se había hecho humo. Sorprendido por esa experiencia me levanté y seguí mi camino, pensando qué había pasado, por qué se había ido, entonces lo entendí, era su recuerdo el que me visitaba, era su recuerdo que no se había querido borrar de mí.


-FIN –

lunes, 17 de septiembre de 2007

NO SÉ NADA

© Ronald Castillo Florián


Esbozado en Ica


Decir “no sé nada” en este tiempo no es utopía, ni mucho menos sinónimo de ignorancia. No se trata de ser retórico ni un pobre "inculto" de la sociedad, es sólo reflejar lo que se está viviendo en nuestro contexto actual.

Lo sorprendente es que cada vez son pocas las personas que reconocen aquella sapiencia de ignorar lo que no se sabe, ya que el común regulador del mundo dice saberlo todo. Si algo ignoras simplemente eres un don nadie, por ello muchos de nuestros amigos, familiares, vecinos, personas vinculadas a nuestro entorno y también aquellas que desconocemos, cada vez más, dicen que lo saben todo o casi todo aun si saber si es cierto.

En este momento decir “no sé nada” es una gran valentía universal, porque cada vez la ciencia descubre cosas nuevas, tanto así que los conocimientos previos quedan caducos. Por ello decir “no sé nada” no me da miedo, temo decir que lo sé todo, porque después cuando alguien me pregunte de uno u otro tema me daré cuenta que sé todo sin saber nada y así me perderé viciosamente en la retórica fantasiosa del saber todo sin saber nada, por eso, al aceptarlo lo declaro.... ¡No sé nada! aquella frase me abre al conocimiento universal.

jueves, 13 de septiembre de 2007

EL "MOCHO"

© Ronald Castillo Florián
Para Mamilla

Esa tarde había salido a caminar a orillas del río para despejar la mente. Fue una tarde sin alegrías ni tristezas, simplemente una tarde como cualquier tarde donde los sentidos solo tenían ganas de descansar.
Estuve caminando sin rumbo contemplando estepas sin importarme nada a cambio. De pronto lo escuché, lanzaba un grito lastimero, de dolor, de hambre, de soledad, un grito que nunca antes había oído. Presuroso comencé a buscarlo entre los matorrales y no lograba hallarlo, el grito parecía que provenía de todas partes pues era tan aterrador que el universo lloraba junto a él.
Seguí buscándolo y al parecer nunca lo encontraría, me detuve un momento para concentrarme y dar con el lugar exacto del quejido pero nada, todo el lugar estaba lleno de dolor y cualquier parte emitía su llanto. Exhausto por la búsqueda me había dado por vencido cuando de repente, sin mediar llanto alguno, reinó el silencio. Me asusté pues creía que todo lo que había escuchado había sido producto de mi imaginación, pero para mi sorpresa después de esa leve soledad, entre el mato agreste y seco, salió él, débil, enjuto, mendigo. Me miró y como si me conociese, empezó su llanto triste, el más triste que había escuchado en mi vida, no pude contenerme que lloré con él. Me le acerqué con lágrimas a flor de piel, me le acerqué pues sentía que necesitaba de mí y que yo era su salvación. Cuando lo tuve cerca, su aspecto me horrorizó, me dio lástima y compasión, estaba muy flaco, hacía días que no comía, y para su mala suerte una herida le acompañaba, una herida que le supuraba dolor en cada instante, una herida mortal que algún maldito le había provocado.
Desde esa tarde y todas las tardes, a la misma hora, me dirigía al río para llevarle sus alimentos, desde esa tarde y todas las tardes mi vida se ató a su dolor queriéndole sanar sus heridas y calmarle su sed de paz. Desde esa tarde y todas las tardes, mi madre me miraba sospechosamente porque esa religiosidad de salir siempre a la misma hora le extrañaba tanto que no se pudo contener y me increpó a dónde iba siempre con el mismo ahínco y con una bolsa en la mano. No recuerdo que estratagema le inventé pero a mi parecer ello le había convencido.



II
Ya era mi rutina diaria visitarlo después de mi almuerzo, le llevaba su alimento y cariño para que no se sienta solo. Él vivía agradecido y me manifestaba su agradecimiento con una mirada tierna que no puedo explicar.
Un día, mi madre no se contuvo la curiosidad, y me siguió en secreto, yo estaba concentrado rogando que él no se haya ido pues me había demorado porque en casa tenía que terminar algunos deberes. Para mi suerte, él estaba ahí, había asistido a la cita y aunque serio al principio se alegró cuando me vio llegar y no pudo evitar sonreír. Le saludé como de costumbre, y empecé a servirle su alimento. Mientras almorzaba yo lo contemplaba y me sentía feliz de ayudarlo, entonces:

- ¡Con que por eso sales todas las tardes, con que por eso sacas alimento y vienes presuroso!

Di un brinco de susto y la reconocí, era mi madre que acababa de descubrir mi secreto.

- No te preocupes hijo –me dijo inmediatamente y tranquila- no te preocupes, esta bien lo que haces –diciendo eso se retiró.

Cuando regresé a mi casa, mi madre estaba en la sala leyendo un libro, no sé si me esperaba pero ahí estaba y me sentí en la obligación de explicarle todo. Ella me escuchó tranquilamente y no me reprendió por nada, me entendía y sabía de mi altruismo. Cuando ya todo estaba entendido me preguntó:

- ¡¿Y qué le pasó en la cola a ese pobre gato?!
- No lo sé –le respondí muy triste- no lo sé. Así lo encontré.
- Y cuál es su nombre –me volvió a preguntar-
- Tampoco lo sé.

Nuestro dialogo cambió de rumbo y mi madre a partir de esa conversación entendía mi salida diaria, hasta que un día, al ver que se pasaba la hora y que aún no preparaba el alimento para el gato, me dijo:

- ¡Hoy no le llevarás alimento para el “Mocho”!
- Sí - respondí enfáticamente- sí voy a llevarle
- Y por qué demoras tanto –me dijo preocupada-
- Porque estoy calentado su comida.

Desde aquel día el pobre gato que encontré a la ribera del río se le conoció como el “mocho”. Un gato triste, perdido, sin cola, pero alegre de tener un amigo como yo.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

PRAXIS


© Ronald Castillo Florián

La conocí cuando aún vestía en pañales, cuando aún no me daba cuenta de su exótica belleza, cuando mi cerebro solo pensaba en destrozos apocalípticos y no en el amor universal que hoy le profeso. Fue en un lugar lejano allá por el sur donde nací y crecí sin tener más recuerdo que eso. Y Fue mas bien en su tierra, también en el sur, un poco más allá, precisamente en Ica donde después de poner el primer pie juré no mudarme jamás ni olvidarme de tanta belleza.
Desde aquel día donde nuestros destinos confabularon para unirnos y luego de haber contemplado su rostro angelical, desde aquel día juro por Dios, no he dejado de pensar ni de alabar tanta majestad que su rostro refleja.
Hoy… hoy ella está conmigo, a mi lado, en mi sangre, en cada latido, en mi cuerpo, en mi vida… hoy, y después de tantos años, me he prometido no tener más destino que su destino y que nuestro rumbo será nuestro y solo nuestro hasta el infinito.
Miles de veces he gritado al cielo el júbilo mágico de ser su dueño/esclavo y de despertar junto a ella sintiendo el calorcito de su pecho caliente derritiendo mi pecho de chocolate que endulza su vida.
Lo sé, somos dos extraños que deambulan en este mundo sin más propósito que amarse sin importar que algún descarado censure nuestro cariño. También lo sé, somos dos en uno sin divisiones, que ni suman ni restan ni dividen y que se aumentan sin partirse ayudando a latir el pecho del mundo herido.
En resumen, desde que nací, no he sido nunca yo, porque desde el momento que abrí mis ojos, sus ojos se posaron en los míos capturándolos para no tener más reflejo que su imagen anclada en mi alma y que ésta al final de los tiempos reclamará como suya en su morada celestial porque de ahí salio y regresará para no irse jamás.

El mirarte es vivir y morir, morir y vivir, y no sé que cosas más, algo que nunca, aunque lo intente, podré escribir ...

miércoles, 1 de agosto de 2007

TE EXTRAÑO

© Ronald Castillo Florián

Para Lili

Te extraño tanto que me parece un milenio de no verte.
Te extraño tanto que me estoy desesperando a raudales el no sentir tus pechos latiendo junto al mío.
Te estoy extrañando tanto que me voy quemando de frío por no tener tu calorcito abrigándome los sueños.
Te extraño tanto maldita sea que me muero y vivo con la esperanza de verte.
Te extraño tanto que si no te extraño no siento vida ni respiro porque eres el mundo donde me muevo.
Te extraño tanto y no me canso de hacerlo porque eres lo que soy y no eres lo que no soy.
Te extraño tanto y no tengo miedo pero sí pavor porque tal vez no regreses.
Te extraño tanto y vuelvo a hacerlo aunque me mienta en tu regreso.
Te extraño tanto
Te extraño tanto
Te extraño tanto que sino lo hago me muero en un instante y recupero la vida con tu regreso.


Te
extraño
tanto
tanto que soy un tonto haciéndolo porque tu regreso es inminente.
Te extraño tanto te extraño tanto te extraño tanto porque eres mi vida en el sentido exacto de vivir.
Te extraño tanto y lo haré siempre porque un minuto sin mirarte es una vida sin respirar.
Te extraño tanto ahora siempre, siempre y ahora y de aquí para toda la vida esperando tu regreso.
Te extraño tanto amada mía porque aún no vienes...

domingo, 29 de julio de 2007

MAMÁ



© Ronald Castillo Florián

Aquella tarde, tendido en la cama –si es que se puede decir cama a un pedazo de esponja tirada en el piso que humildemente calienta nuestras noches- no dejaba de pensar en cómo hacer para conseguir el sacro santo alimento diario si lo único interesante que aprendí en mi vida es vegetar el pensamiento y plasmarlo en un pedazo de papel mal cortado que termina perdiéndose en el olvido.

Ahí tirado imaginando mundos espectaculares, a la espera de tu regreso, solo miraba la pared celeste con manchas blancas que algún pintor improvisado derramó sin censura y que me daban sensación de claustrofobia, no atinaba nada más que pensar y soñar y seguir pensando y seguir soñando.

Ahí tendido al olvido lamentando el hacer nada comencé a sentir algo extraño en el estómago, como un pequeño dolorcillo ingrato que se esforzaba en moverme de mi estado catártico, lentamente levanté el brazo, me acomodé la sábana viré a otro lado y decidí cerrar los ojos ante aquel extraño y escurridizo e improvisado dolor.

Aquella extraña sensación se hizo estática, no tan fuerte, no tan débil pero estática que casi y a veces pasaba desapercibido. No sé cuanto tiempo transcurrió, pero ya era toda una vida que te habías marchado y aún no regresabas y la sensación de soledad unido al dolor me hacían infeliz en cada respiro.

Casi al punto del colapso y de la hipotermia cardiaca abriste la puerta, me miraste sorprendida y me preguntaste del por qué no me había levantado, yo con mi típico rostro de niño asustado te dije que vinieras y te acostaras a mi lado, tú –gracias a dios- no lo dudaste y en ese mismo instante te desnudaste y cual diosa te acostaste junto a mí y tu piel desnuda hizo que mi cuerpo se erizara al punto de sentir frío/calor.

Nos miramos fijamente, pensé en hacerte el amor en ese mismo instante, y cuando empecé a tocar tu rostro aquel dolor abdominal que tenía se hizo demencial, me preguntaste qué me pasaba y tanto era el dolor que no podía hablar, no sabías qué hacer, te desesperabas y yo gritaba, hasta que de pronto, sentí ganas de vomitar, no entendías por qué estaba así, te quedaste muda cuando empecé a abrir la boca y al ver que de ella salía una bolsa inmensa.

Algo extraño había pasado, qué era eso, nos miramos anonadados, yo estaba más asustado aún por haber sacado eso de mi cuerpo. Tú sin dudarlo decidiste abrirlo para ver que había adentro ya que aquella bolsa empezaba a latir como si tuviese vida. Cogiste el bisturí y nuestra sorpresa fue enorme al ver que dentro de ella había una niña, una dulce niña que al vernos empezó a llorar.

La cogiste con mucho cuidado, me pediste que buscara toallas limpias, le hiciste cariño, la niña empezó a sonreír y de pronto te quedaste seria, como entendiéndolo todo, me miraste como nunca lo habías hecho, yo me quedé asustado al ver tu reacción y por fin dijiste:


- ¡Ahora lo entiendo! ¡Ahora lo entiendo! ¡Ahora lo entiendooooo!
- ¡¿Entiendes qué?! –te pregunté-
- Ahora lo entiendo, lo que pasa es que a ti te toca ser mamá.

-FIN-

sábado, 28 de julio de 2007

¿DÓNDE ESTÁ LA REINA?


© Ronald Castillo Florián

La reina ha partido dejándome el corazón herido
Llevándose consigo un ejemplar de lectura
un texto a mitad leído
un vacío
un vacío
dejando su vacío.

¿Dónde está la reina?
Está en el sur
Y mi corazón adormitado
sueña
piensa
espera…

La reina ha partido
La reina ha viajado